El culto y la liturgia en las hermandades y cofradías

Texto extraído de la “CARTA PASTORAL a las Hermandades y Cofradías de la Archidiócesis de Toledo” escrita por el Sr. Arzobispo de Toledo y Primado de España D. Francisco Cerro.

 

El segundo pilar sobre el que se asienta la vida de una hermandad es el culto; un aspecto importante y vital que merece ahora que le dediquemos unas palabras. En efecto, la mayoría de las hermandades actuales han surgido a raíz de la devoción a las sagradas imágenes de Jesucristo, de la Santísima Virgen María o de los santos; por eso,

las podemos agrupar entre hermandades y cofradías de penitencia, marianas o de gloria.

 

La devoción a una imagen es la motivación principal por la que los feligreses de una parroquia, o de un grupo eclesial, deciden asociarse. Pero esta iniciativa, impulsada por el Espíritu Santo en la fe del Pueblo de Dios, tiene su punto inicial en los sacramentos de la Iglesia, donde brota el manantial de la gracia, especialmente de la Eucaristía, fuente de agua viva donde Cristo, vivo y resucitado, está realmente presente. Por eso, a la Eucaristía, en la celebración de la Santa Misa, debe dirigirse toda acción cultual de las hermandades, cuyas sagradas imágenes son “iconos” de la realidad sacramental que previamente hemos celebrado y vivido.

El capítulo II del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia está dedicado a la liturgia. Este importante documento de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos hace un análisis acertadísimo de la piedad popular en la actualidad y propone interesantes y ajustadas vías de trabajo en este sector de la pastoral. En cuanto a la liturgia afirma: “Con frecuencia las cofradías, además del calendario litúrgico, disponen de una especie de calendario propio, en el cual están indicadas las fiestas particulares, los oficios, las novenas, los septenarios, los triduos que se deben celebrar, los días penitenciales que se deben guardar y los días en los que se realizan las procesiones o las peregrinaciones, o en los que se deben hacer determinadas obras de misericordia. A veces tienen devocionarios propios y signos distintivos particulares, como escapularios, medallas, hábitos, cinturones e incluso lugares para el culto propio y cementerios”15; ahora bien, “la Liturgia, por naturaleza, es superior, con mucho, a los ejercicios de piedad, por lo cual en la praxis pastoral hay que dar a la Liturgia `el lugar preeminente que le corresponde respecto a los ejercicios de piedad´; liturgia y ejercicios de piedad deben coexistir respetando la jerarquía de valores y a la naturaleza específica de ambas expresiones cultuales”. Por lo tanto, tenemos que saber cuál es exactamente el lugar que le corresponde a las hermandades y cofradías en el culto público que realizan en la Iglesia, dónde está la fuente de sus obligaciones devocionales, y qué es lo primero a lo que debe tender el culto en la vida cofrade.

 

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Es necesario convencernos que sólo desde la vida de los sacramentos llegaremos a vivir un culto como la Iglesia quiere. Tenemos que recuperar la participación en la Santa Misa dominical; las hermandades y cofradías tienen que tener a la Santa Misa como el principal de los actos que realizan en su vida cofrade. Se trata de un principio básico, elementalísimo, primordial, irrenunciable. A partir de esta experiencia, de este encuentro personal con Jesucristo en la Eucaristía, podremos crecer y madurar en la fe; podrá nuestra hermandad vivir mejor la comunión eclesial y ser mejor espacio de encuentro y vivencia cristiana; de lo contrario, siempre seremos inmaduros en relación con la fe y con nuestra pertenencia a la Iglesia, vulnerables y frágiles, llevados al socaire de los aires que corran, manipulados por la opinión pública que se fija en lo anecdótico y no en lo verdadero y esencial, seducidos por otros predicadores del mundo que no tienen nada que ver con lo que realmente somos y queremos ser. La participación en la Santa Misa nos hace conscientes de que pertenecemos a una gran familia que es “convocada” por el Espíritu Santo cada domingo para alabar a Dios y ofrecerle nuestros dones; es el signo más visible y elocuente de nuestra comunión eclesial concretada en la vida de hermandad.

 

Queridos amigos, insisto una vez más: tenemos que recuperar con toda urgencia el sentido de la Santa Misa entre los hermanos cofrades como lo primordial y principal de toda actividad cofrade. No nos engañemos: no somos realmente cristianos –ni buenos cofrades- si no participamos de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor actualizada cada día en el Santo Sacrificio del Altar. Nadie se puede creer esa expresión que se suele oír: “yo puedo ser buen cofrade sin tener que ir a Misa”; porque nadie puede decir que vive sin respirar, sin comer y sin beber. Aún más, debemos recuperar el domingo como el Día del Señor, el día dedicado al descanso, a la vida familiar y a la alabanza de nuestro Señor y, también, día dedicado a vivir en la cofradía disfrutando de todo aquello que nos ofrece.

 

 

Sabemos que las hermandades de penitencia tienen su momento culminante alrededor de las celebraciones de la Semana Santa. Esto quiere decir que para estas hermandades debería ser obligatorio e irrenunciable asistir y participar en los Santos Oficios de la Semana Santa, en la celebración del Triduo Pascual. Es allí donde se vive realmente el misterio redentor de Jesucristo que padece, muere y resucita glorioso por nosotros. Si cuando procesionamos por las calles con nuestros crucificados y dolorosas queremos expresar los sentimientos más profundos que llevamos en el corazón, ¿qué vamos a mostrar o a anunciar si no participamos en la realidad litúrgica y sacramental de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor? ¿Cómo vamos a anunciar que realmente estamos redimidos por la sangre de Cristo y que su resurrección nos llena de esperanza (la única esperanza para el mundo)? ¿qué catequesis pública vamos a dar con nuestras procesiones si no participamos de la liturgia del Triduo Pascual porque preferimos dedicarnos a adornar los pasos y a acicalar nuestros ajuares y enseres, en vez de vivir la realidad redentora que realmente toca y convierte el corazón? Seamos sinceros: siguiendo así no somos atractivos y, lo que es peor, no evangelizaremos a nadie.

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El Directorio señala en varias ocasiones el alejamiento de la piedad popular de la liturgia, algo que no pocas veces se puede comprobar cuando vemos cómo son las hermandades. Por eso, es necesario revisar, purificar y renovar los ejercicios de culto que anualmente programan. “La Sede Apostólica no ha dejado de indicar los criterios teológicos, pastorales, históricos y literarios, conforme a los cuales se deben reformar -cuando sea preciso- los ejercicios de piedad; ha señalado cómo se debe acentuar en ellos el espíritu bíblico y la inspiración litúrgica, y también debe encontrar su expresión el aspecto ecuménico; cómo se debe mostrar el núcleo esencial, descubierto a través del estudio histórico y hacer que reflejen aspectos de la espiritualidad de nuestros días; cómo deben tener en cuenta las conclusiones ya adquiridas por una sana antropología; cómo deben respetar la cultura y el estilo de expresión del pueblo al que se dirigen, sin perder los elementos tradicionales arraigados en las costumbres populares”; en efecto, sin menospreciar ni olvidar la historia y el patrimonio de nuestras hermandades, sus inmemoriales tradiciones y sus aportaciones a la cultura, debemos revisar y reconducir los ejercicios de culto hacia la dirección correcta: hacia Jesucristo vivo y resucitado, cuyo amor y misericordia se derrama en los sacramentos.

Pero no sólo debemos recuperar y vivir mejor la Santa Misa, sino también los otros sacramentos. Es necesario que los cofrades descubran la riqueza de gracia que se ofrece en los sacramentos, desde el inicio de nuestra vida hasta sus últimos momentos, cuando ya nos estamos preparando para abrazar definitivamente al Señor y a la Virgen María. Las cofradías, junto con la pastoral parroquial, deberían ser un ámbito fácil y propicio para la preparación de los sacramentos de la Iniciación Cristiana, para la celebración de la Penitencia, para la preparación de los novios al sacramento del matrimonio; y, cómo no, donde el ofrecimiento de los sufrimientos y fragilidades de los hermanos cofrades se une sacramentalmente con la pasión del Señor mediante el sacramento de la Unción.

 

Y después de toda esta vida sacramental, vienen todos los demás ejercicios de piedad que son manifestación y testimonio de lo que está ocurriendo en el corazón de la hermandad: el Santo Rosario, el Vía Crucis, la peregrinación a los santuarios, la devoción a los santos de la Iglesia, etc. Todos estos ejercicios de piedad son el eco y la prolongación de lo que hemos vivido en el encuentro con Jesucristo a través de los sacramentos.